abr 27

A seguir a partir de ahora: Goldmund, un proyecto de Keith Keniff . No sé si habrá sacado el nombre de la obra Narciso y Golmundo de Herman Hesse. En ella, Golmundo representa al artista, al vagabundo, al hombre de acción y en comunión con la naturaleza, mientras que Narciso es el arquetipo de la ciencia, la lógica, la razón y la estabilidad. Está claro por quién se ha decantado Keith…

abr 05

Sacado del libro Cómo escuchar la música del compositor Aaron Copland

¿Para qué, después de todo, escuchamos cuando escuchamos a un compositor? No tiene que narrarnos una historia, como el novelista; no tiene que “copiar” la naturaleza, como el escultor; su obra no tiene que desempeñar una función práctica inmediata, como el dibujo del arquitecto. ¿Qué es, pues, lo que nos da? Una sola respuesta me parece posible: se nos da a sí mismo. La obra de todo artista es, por supuesto, una expresión de sí mismo, pero ninguna tan directa como la del músico creador. Él nos da, sin relación con “acontecimientos” exteriores, la quintaesencia de sí mismo, esa porción que entraña la expresión más plena y profunda de sí mismo en cuanto hombre y de su experiencia en cuanto a semejante nuestro.

Recuerde siempre el oyente que cuando escucha la creación de un compositor está escuchando a un hombre, a un determinado individuo con su particular personalidad. Porque el compositor, si ha de ser de alguna valía, deberá tener personalidad propia. La música podrá ser de mayor o menor importancia, pero en caso de ser significativa siempre reflejará esa personalidad. Ningún compositor puede poner en su música valores que no posea como hombre. Su carácter podrá estar entreverado de humanas flaquezas – como el de Lully o el de Wagner, por ejemplo – , pero todo lo que haya de fino en su música provendrá de todo lo que haya de fino en él en cuanto a hombre.

mar 14

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.

La carretera – Cormac McCarthy

mar 03

Recién terminado Nuestro común amigo, la última novela que escribió Dickens. Investigando un poco sobre el libro me encuentro con un detalle que lo conecta con mi querida serie Lost. Al parecer, Desmond Hume (uno de los mejores personajes) lleva consigo el libro con la intención de abrirlo y terminarlo sólo justo antes de morir. Penélope, conociendo esa devoción suya por la obra deja entre sus páginas una carta de amor que encontrará en un momento cercano al suicidio tras tres años en “la escotilla”

Los guionistas de Lost decidieron utilizar esta historia tras leer una entrevista en la que John Irving comentaba que le gustaría que este libro fuera el último que leyese antes de morir. Además se sintieron bastante identificados con las obligaciones de Dickens de entregar 32 páginas todos los meses (la obra se publicó por fascículos durante 19 meses) . En fin, si alguno quiere leer más de la relación entre Lost y Our mutual friend, puede hacerlo en este enlace. Y poco más… bueno sí: que os leáis el libro, como todos los de Dickens. Yo ahora me mudo a la Casa Desolada que a su vez está relacionada con Murakami. Pero eso dará para otra entrada.

dic 01

Mire, desde mi punto de vista hay tres comportamientos posibles ante esta vida absurda. Primero, el de las masas, hoi polloi, que sencillamente, se niegan a ver que la vida es una guasa. No se burlan de ella, sino que trabajan, acopian, mastican, defecan, fornican, se reproducen, envejecen y mueren como bueyes uncidos al arado, de la misma forma necia en que vivieron. Así es la inmensa mayoría. Luego están los que son como yo, que saben que la vida es una guasa y tienen valor para burlarse de ella, igual que los taoístas y que ese judío suyo. Y luego están, y si mi diagnóstico es correcto, ése es el caso de usted, los que saben que la vida es una guasa, pero sufren.

Las benévolas – Jonathan Littell

nov 27

Vale la pena entrar en Gutenberg.org y pasear un rato por la colección de clásicos que pueden ser descargados. Aunque la mayoría de los libros están en inglés, también existe una sección en castellano y en gallego.

Y si nos vamos a la lista global de los más descargados en el último mes… ¿quién es el primero? Pues claro que sí… Dickens

oct 28

Objetos inanimados, enunció.
¿Qué pasa con ellos?, pregunté yo.
Objetos inanimados como medio de expresar emociones humanas. En eso consiste el lenguaje cinematográfico. Sólo los buenos directores saben cómo hacerlo, pero Renoir, De Sica, y Ray son tres de los mejores, ¿verdad?
Sin duda.
Piensa en las primeras escenas de Ladrón de bicicletas. El protagonista encuentra trabajo, pero para llevarlo a cabo necesita desempeñar la bicicleta. Se va a casa sintiendo lástima de sí mismo. Y allí está su mujer, en la calle, cargando con dos pesados cubos de agua. Toda su pobreza, todos los esfuerzos de esa mujer y su familia están contenidos en esos cubos. El marido está tan enfrascado en sus propios problemas que ni se molesta en ayudarla hasta que casi están dentro de la casa. E incluso entonces, sólo le coge un cubo dejando que ella cargue con el otro. Todo lo que nos hace falta saber sobre su matrimonio se nos muestra en esos pocos segundos. Luego suben las escaleras hasta su piso, y a la mujer se le ocurre la idea de empeñar la ropa de cama para recuperar la bicicleta. Recuerda la violencia con que da una patada al cubo en la cocina, la agresividad con que abre el cajón de la mesa. Objetos inanimados, emociones humanas. Luego pasamos a la casa de empeños, que no es una casa realmente, sino un sitio enorme, una especie de almacén de objetos superfluos. La mujer vende las sábanas, y seguidamente vemos a uno de los empleados que lleva el pequeño paquete a los estantes donde se depositan los artículos empeñados. Al principio, las estanterías no parecen muy altas, pero entonces la cámara retrocede, y mientras el empleado empieza a subir, vemos que se alargan hacia arriba cada vez más, hasta llegar al techo, y cada estante y casillero rebosa de paquetes idénticos al que ahora está guardando, y de pronto parece que todas las familias de Roma han vendido ropa de cama, que toda la ciudad se encuentra en la misma situación de miseria que el protagonista y su mujer. En una sola toma, abuelo. En una sola toma se nos ofrece el retrato de toda una sociedad que vive al borde del desastre.

Un hombre en la oscuridad – Paul Auster

oct 28


Pero ¿dónde está el objeto inanimado en Apu?
Piensa.
No quiero pensar. Esa teoría es tuya, así que explícamelo tú.
Las cortinas y la horquilla del pelo. La transición de una vida a otra., el momento crucial de la historia. Apu se ha ido al campo a asistir a la boda de la prima de un amigo suyo. Un matrimonio convenido según la tradición, y cuando aparece el novio, resulta que es tonto, un profundo idiota. Se suspende la boda, y a los padres de la prima del amigo empieza a entrarles el pánico, temerosos de que a su hija le caiga una maldición de por vida si no se casa esa misma tarde. Libre de preocupaciones, Apu se ha dormido entre los árboles, contento de pasar unos días fuera de la ciudad. Se le acerca la familia de la chica. Le explican que es el único soltero disponible, que sólo él puede resolverles el problema. Apu se queda horrorizado. Piensa que están locos, que son un hatajo de palurdos supersticiosos, y se niega a hacerlo. Pero luego lo piensa mejor y decide aceptar. Lo considera como una buena acción, como un gesto altruista, pero no tiene intención alguna de volver a Calcuta con la chica. Después de la ceremonia nupcial, cuando se encuentran finalmente solos por primera vez, Apu descubre que la sumisa muchacha es mucho más fuerte de lo que él creía. Soy pobre, le explica él, quiero ser escritor, no tengo nada que ofrecerte. Lo sé, contesta ella, pero le da lo mismo, porque está resuelta a ir con él. Molesto, desconcertado, pero conmovido a la vez por su determinación, Apu cede de mala gana. La escena cambia a la ciudad. Un carruaje se detiene frente al destartalado edificio donde vive Apu, y se bajan su mujer y él. Todos los vecinos se acercan y miran boquiabiertos a la guapa muchacha mientras Apu la conduce escaleras arriba hacia su pequeña y sórdida buhardilla. Un momento después, lo llaman y se va. La cámara enfoca a la chica, sola en esa habitación extraña, en una ciudad desconocida, casada con un hombre al que apenas ha visto. Finalmente, se acerca a la ventana, sobre la que en vez de cortina cuelga un asquerosos trozo de arpillera. Hay un agujero en el tejido, y por ahí mira hacia el patio, donde un niño en pañales avanza con pasos inseguros entre el polvo y la basura. La cámara invierte el ángulo, y vemos su ojo a través del agujero. Fluyen lágrimas de ese ojo, y es normal que esté nerviosa y asustada, que se sienta perdida. Apu vuelve a entrar en la habitación y le pregunta qué le pasa. Nada, contesta ella, sacudiendo la cabeza, nada en absoluto. Entonces la escena termina con un fundido en negro, y el gran interrogante es: ¿qué ocurre a continuación? ¿Qué espera a esa inverosímil pareja que ha acabado casándose por pura casualidad? Con unas cuantas pinceladas hábiles y decisivas, todo se nos revela en menos de un minuto. Objeto número uno: la ventana. Fundido de apertura, es por la mañana temprano, y lo primero que vemos es la ventana por la que miraba la muchacha en la escena anterior. Pero la desastrada tela de saco ha desaparecido, y en su lugar hay unas limpias cortinas a cuadros. La cámara retrocede un poco, y ahí tenemos el objeto número dos: un tiesto con flores en el alféizar de la ventana. Son señales alentadoras, pero aún no podemos estar seguros de lo que significan. Vida hogareña, ambiente acogedor, un toque femenino, pero eso es lo que debe hacer una esposa, y el hecho de que la mujer de Apu haya cumplido sus tareas no demuestra por sí solo que tenga cariño a su marido. La cámara continúa retrocediendo, y los vemos durmiendo a los dos en la cama. Suena el despertador, y la mujer se levanta enseguida mientras Apu emite un gruñido y se tapa la cabeza con la almohada. Objeto número tres: el sari. Ella echa a andar nada más levantarse, pero de pronto no puede moverse: su ropa está atada con la de Apu. Qué raro. ¿Quién podría haber hecho eso, y por qué? En su rostro hay una expresión contrariada y divertida a la vez, y al instante sabemos que ha sido Apu. Vuelve a la cama, le da un suave golpecito en el trasero, y luego desata el nudo. ¿Qué me dice a mí ese momento? Que mantienen relaciones sexuales satisfactorias, que entre ellos se ha establecido un espíritu juguetón, que están realmente casados. Pero ¿y el amor? Parecen contentos, pero ¿qué solidez tienen sus recíprocos sentimientos? Entonces es cuando aparece el objeto número cuatro: la horquilla del pelo. La mujer sale del cuadro para preparar el desayuno, y la cámara hace un primer plano de Apu. Por fin logra abrir los ojos, y mientras bosteza, se estira y da vueltas en la cama, se fija en algo caído en el hueco de entre las dos almohadas. Introduce la mano y saca una horquilla de su mujer. Es el momento álgido. Alza la horquilla y la examina, y cuando vemos los ojos de Apu, la ternura y adoración que irradian, sabemos más allá de toda duda que está locamente enamorado de ella, que es la mujer de su vida. Y Ray lo consigue sin utilizar una sola palabra de diálogo.

Un hombre en la oscuridad – Paul Auster

oct 28


Hay otra cosa en esas tres escenas. No me he fijado cuando veíamos las películas, pero al oír cómo las describes ahora, he caído de pronto en la cuenta.
¿El qué?
Las tres tratan de mujeres. De que son las mujeres quienes llevan el mundo. Se ocupan de lo que verdaderamente importa mientras que los desventurados hombres van dando tumbos por ahí haciendo chapuzas. O si no, se quedan en la cama sin hacer nada. Eso es lo que pasa después de lo de la horquilla. Apu mira al otro extremo de la habitación, a su esposa, agachada sobre una tetera, preparando el desayuno, y no hace movimiento alguno para ayudarla. Igual que el italiano, que no repara en lo que le cuesta a su mujer cargar con esos cubos de agua.
Por fin, dijo Katya, dándome un leve codazo en las costillas. Un hombre que lo entiende.
No exageremos. Sólo incorporo a tu teoría una anotación al margen. A tu muy perspicaz teoría, debo añadir.
¿Y qué clase de marido eras tú, abuelo?
Igual de distraído y perezoso que los payasos de esas películas. Tu abuela se encargaba de todo.
Eso no es cierto.
Sí lo es. Cuando venías a casa con nosotros yo siempre hacía gala de mi mejor manera de ser. Tendrías que habernos visto cuando estábamos solos.

Un hombre en la oscuridad – Paul Auster

sep 27

Un día vino a verme un joven poeta, uno de esos que viene a verme todos los días… Tras los cumplidos habituales sobre mi ingenio, mi agudeza, mi buen gusto, mi bondad, y otras adulaciones de las que no creo una sola palabra, por mucho que ya haga más de veinte años que me las repiten y, a lo mejor, de buena fe, el joven poeta saca un papel del bolsillo: son unos versos, me dice. -¡Versos! – Sí, señor, sobre los cuales espero tengáis la bondad de darme vuestra opinión. – ¿Os gustaría oír la verdad? – Sí, señor, y os la pido. – Pues la sabréis. -¡Vaya! ¿Sois tan tonto como para creer que un poeta va a visitaros buscando la verdad? -Sí. – ¿Y tan tonto como para decírsela? – ¡Sin duda! – ¿Sin subterfugios? – Indudablemente: el subterfugio más sutil no es más que una grosera ofensa: fielmente interpretado significaría: sois un mal poeta, pero como no os veo suficientemente fuerte para soportar la verdad, sois además un enclenque. – ¿Y siempre os ha dado buen resultado tanta sinceridad? – Casi siempre… Leo los versos del joven poeta, y le digo: Vuestros versos me demuestran que no sólo sois un mal poeta, sino que jamás lo seréis mejor. – Preciso será entonces que siga haciendo malos versos; porque no puedo dejar de escribir. -¡Qué terrible maldición! ¿Os hacéis cargo del envilecimiento en el que caeréis? Ni los dioses, ni los hombres, ni las columnas han perdonado la mediocridad de los poetas: lo dice Horacio. – Lo sé. ¿Sois rico? – No. ¿Sois pobre? – Muy pobre. – Vais a añadir a la pobreza la ridiculez del poetastro; malgastaréis vuestra vida, llegaréis a viejo: viejo, pobre y mal poeta, ¡ah, señor!, ¡qué triste papel! – Me lo imagino, pero me siento arrastrado a pesar mío… Jaques hubiera dicho: está escrito allá arriba. -¿Tenéis padre? – Sí. – ¿Cuál es su condición? – Es joyero. – ¿Os ayudaría? – Quizá. -¡Bien! Id a ver a vuestro padre, proponedle que os adelante un crédito en joyas. Tomad un barco para Pondichéry; durante el viaje escribid malos versos; una vez allí hacéis fortuna. Cuando seáis rico, volvéis y escribís todos los versos que os plazca, siempre que no los deis a imprimir, ya que no está bien arruinar a nadie… Doce años después de darle este consejo, el joven poeta volvió a visitarme; cuando compareció ante mí, no le reconocí. -Soy aquel que enviasteis a Pondichéry, me dijo. – Allí me fui, amasé unos cien mil francos. He vuelto; estoy escribiendo versos nuevamente, y os los traigo para que los juzguéis… ¿Siguen siendo malos? – Sí, pero como vuestra vida está solucionada, os permito que continuéis escribiendo…

Jaques el fatalistaDenis Diderot

preload preload preload